La Organización Internacional del Trabajo (OIT), institución que antecede incluso a la ONU, estableció en su Declaración de Filadelfia de 1944 un principio fundamental: el trabajo no es una mercancía. El ser humano no es mercancía, ni objeto, ni pieza reemplazable; mucho menos desecho o simple costo de producción.
La OIT nace después de la Revolución Industrial, luego de que el mundo civilizado exorcizara la barbarie sufrida por hombres, mujeres y niños que enfermaron y murieron trabajando sin horarios ni derechos en las fábricas de los países desarrollados. Sin embargo, hoy presencia una nueva precarización impulsada por el empleo digital.
La pregunta resulta inevitable: ¿la llegada del trabajo digital y de la inteligencia artificial está volviendo a considerar a los seres humanos como piezas reemplazables, tal y como ocurrió hace siglo y medio durante la Revolución Industrial?
Para muchos que hoy gozan de su merecida jubilación, o están próximos a obtenerla, los cambios en el mundo laboral quizás no representan sus mayores inquietudes. Pero para miles de jóvenes cuyos primeros empleos son plataformas digitales o “call centers”, sí lo son. Más de 150 millones de personas trabajan bajo estas modalidades en el mundo, muchas veces en condiciones precarias, sin estabilidad, sin prestaciones y sometidas a un constante desgaste físico y psicológico.
Quien controla el poder, controla la agenda.
No es casualidad que la Asamblea Legislativa enfrente una enorme presión política alrededor de la devolución del ROP (Régimen Obligatorio de Pensiones). Los puestos de poder y decisión continúan estando dominados, mayoritariamente, por generaciones que conocieron mercados laborales más estables y con mayores garantías. Los Baby Boomers, mayores de 62 años; la Generación X, entre los 46 y 61 años; e incluso parte de los Millennials, entre los 30 y 45 años, crecieron bajo condiciones laborales muy distintas a las actuales.
Sin embargo, poco se discute sobre las pensiones y el futuro laboral de la Generación Z, los nacidos entre 1997 y 2012, jóvenes entre los 14 y 29 años, sobre quienes recaerá la enorme responsabilidad de sostener el sistema de pensiones, mientras enfrentan una realidad marcada por empleos precarios, bajos salarios y escasas oportunidades de estabilidad laboral; muchos ingresan al mercado después de crisis económicas heredadas por generaciones anteriores y bajo un modelo que normalizó la incertidumbre.
A la Generación Z incluso la dirigencia sindical parece haberla abandonado. El sindicalismo tradicional no ha logrado integrarla ni comprenderla, atrapado muchas veces en visiones envejecidas e incapaz de interpretar las nuevas realidades laborales.
En Costa Rica, los jóvenes entre 15 y 29 años mantienen tasas de desempleo entre dos y tres veces superiores al promedio nacional, el desempleo juvenil termina convirtiéndose en caldo de cultivo para grupos mafiosos y organizaciones inescrupulosas que ofrecen falsas oportunidades laborales, derivando incluso en redes de trata y tráfico de personas.
Mi primer trabajo
Muchas de las primeras opciones laborales para los jóvenes son precisamente las plataformas digitales y los BPO (Business Process Outsourcing), en español Externalización de Procesos de Negocio, sector que se ha convertido en una industria de 18 mil millones de dólares anuales que funciona gracias a una enorme reserva de jóvenes disponibles, muchos de ellos bilingües, bajo condiciones laborales cada vez más inestables.
El modelo del BPO, por lo general, inicia con una empresa transnacional que busca mano de obra barata en países en desarrollo; contrata una agencia en su país que se encarga de subcontratar otra en el país de destino; esta licita proveedores y finalmente otra empresa termina ejecutando el trabajo.
Mientras más digital y tercerizado es el empleo es más difícil resulta identificar quién es realmente responsable de los reclamos laborales, despidos injustificados o reclamos que atentan contra la salud del trabajador como el estrés extremo, la ansiedad o la vigilancia permanente en los centros de llamadas.
En no pocas situaciones, el capitalismo digital ha normalizado la precariedad como parte de la experiencia laboral inicial de las generaciones jóvenes, y aunque ingresan pensando que será temporal, terminan atrapados durante años en dinámicas de desgaste constante.
El hastío puede conducir a muchos jóvenes a buscar salarios relativamente mejores, con alguna posibilidad de ahorro, para pensión futura, desesperados por salir de la precariedad, terminan tomando riesgos peligrosos frente a ofertas laborales engañosas.
En países como Camboya y Myanmar, en la frontera con Tailandia, se han documentado casos de esclavos digitales: trabajadores secuestrados, despojados de sus pasaportes y encerrados en complejos tecnológicos donde son obligados a realizar estafas en línea para sobrevivir, siendo tratados literalmente como mercancía transferible entre grupos mafiosos.
El valor del trabajador ya no parece medirse por la humanidad, experiencia o estabilidad, sino por métricas algorítmicas de rendimiento, velocidad, disponibilidad y productividad, después de tanto bregar parece que la economía digital no eliminó las viejas relaciones de explotación; simplemente las volvió globales, invisibles y administradas por algoritmos…La pregunta es hasta dónde estamos dispuestos a permitirlo.









