Pilar Cisneros Gallo es, sin duda, una pieza angular del llamado movimiento “chavista” en Costa Rica. Para muchos analistas políticos, su respaldo a Rodrigo Chaves Robles fue determinante para catapultarlo a la Presidencia de la República. Su peso político no solo se mantiene vigente, sino que hoy gravita sobre la figura de Laura Fernández Delgado, actual candidata del oficialismo y bien posicionada en la intención de voto.
Juan José Arce Vargas
Periodista carné 1194
La estrategia comunicacional del movimiento es clara: presentarse como los auténticos defensores del pueblo, de los humildes, de los sencillos, de los históricamente relegados del poder político, en abierta confrontación con los sectores políticos históricamente privilegiados y favorecidos —los llamados “ticos con corona”--.Sin embargo, esa narrativa ha comenzado a ser cuestionada a partir de señalamientos públicos de clasismo y elitismo dirigidos a la propia Cisneros desde el Plenario Legislativo.
Como periodista, doña
Pilar ha sido ampliamente reconocida por su disciplina, su capacidad
argumentativa y su oficio riguroso frente a la cámara. No obstante, es en su
faceta como legisladora donde, por primera vez en su trayectoria
pública, ha sido interpelada no por sus ideas, sino por el trasfondo social que
parecen revelar algunas de sus expresiones.
Episodios bajo la lupa
El señalamiento más directo
ocurrió cuando, en el Plenario Legislativo, increpó públicamente a la diputada
del Frente Amplio, Sofía Guillén, al manifestarle: “Usted, como
economista, es un fracaso administrando su millonario salario”, dejando
entrever la incomprensión de que una legisladora no viviera en un condominio de
lujo y continuara residiendo en su barrio.
Las reacciones no se hicieron
esperar. Ariel Robles, Jonathan Acuña, Antonio Ortega y Priscilla Vindas,
compañeros de bancada de Guillén, criticaron esa visión de éxito asociada
exclusivamente al estatus económico, considerándola una expresión de clasismo
incompatible con la representación popular.
A ello se sumó otro episodio
mediático: la negativa de la diputada Cisneros a recibir al sector arrocero y
el rechazo simbólico del gallo pinto sin arroz que le fue ofrecido, gesto
interpretado por algunos sectores como desdén y desprecio hacia determinados
grupos sociales.
¿De dónde nace el clasismo?
El clasismo no surge de manera
espontánea. Generalmente se aprende, se hereda y se reproduce durante la
infancia y la adolescencia, a partir de lo que se oye, se observa y se
normaliza dentro del entorno familiar y social.
El dinero, la profesión, la
vestimenta, el barrio, la apariencia física y la noción de estatus social
moldean —consciente o inconscientemente— la forma en que se mira y se valora
al otro. El clasismo no siempre grita; a veces se filtra en una frase, en
un gesto, en una negativa. ¿Es posible que los líderes reproduzcan las mismas
jerarquías que dicen combatir?
Determinar si doña Pilar
estuvo expuesta a estas influencias pertenece al ámbito de su vida privada.
Pero preguntarse si fue permeada por manifestaciones clasistas en su
Lima natal o en la Costa Rica que la recibió en los años setenta es un análisis
pertinente, dada la influencia política que hoy ostenta.
La Costa Rica que la recibió
Pilar Cisneros dejó su natal
Perú en 1972, a los 22 años, tras una decisión familiar motivada
por las represalias sufridas por su padre, Máximo Cisneros, abogado de
reconocido abolengo, luego del golpe militar encabezado por Juan Velasco
Alvarado, quien derrocó al presidente Fernando Belaúnde Terry en 1968. Al
momento del golpe, ella tenía apenas 18 años.
La Costa Rica de los años
setenta era un país distinto. La joven estudiante de periodismo se encontró con
una sociedad universitaria en plena efervescencia social, influenciada por
ideas progresistas, igualitarias y contestatarias.
La Escuela de Periodismo
de la Universidad de Costa Rica, creada en 1968, era un semillero de
pensamiento crítico, y el movimiento estudiantil protagonizaba luchas
emblemáticas, como la oposición a la transnacional ALCOA en 1970.
Estos movimientos luchaban por
mejores condiciones socioeconómicas y mayor participación democrática, en el
marco de la Guerra Fría y bajo la sombra del derrocamiento de Salvador Allende
en 1973, hecho que incorporó docentes chilenos a la Escuela de Ciencias de la
Comunicación Colectiva (ECCC-UCR).
San José aún respiraba un aire
de pueblo pequeño, “un cafetal con luces”, como decían los abuelos.
Pensar que ese entorno universitario y su ciudad promovieran valores clasistas
resulta, cuando menos, improbable.
Con mis propios ojos
A inicios del siglo XXI,
durante la administración de Abel Pacheco de la Espriella, tuve el
privilegio de formar parte del Servicio Exterior de Costa Rica en la Embajada
en Lima, Perú. Allí acompañé al embajador Julio Suñol Leal (q. D. g.),
periodista, fundador del Colegio de Periodistas, director del Diario de
Costa Rica y La Hora, y autor de obras como Robert Vesco compra
una República, Insurrección en Nicaragua y La noche de los
tiburones.
Siguiendo su consejo, caminé
Lima y la conocí a pie. Don Julio solía recordarme, parafraseando a Miguel
de Unamuno, que “lo bonito del viaje es el torna viaje”, poder regresar,
ver y comparar las culturas.
Visité iglesias y parques,
exploré la historia del Perú y su relación con Costa Rica, desde aquel
empréstito de 100.000 pesos destinados para la compra de armas durante la
Campaña Nacional contra Los Filibusteros, hasta la obra de escritores
como Ricardo Palma, César Vallejo, José María Arguedas, Mario Vargas Llosa,
José Carlos Mariátegui, Julio Ramón Ribeyro y Alfredo Bryce Echenique,
de quien me atrapó especialmente su crítica a la élite limeña.
Confirmé que el Perú es, como
dijo Antonio Raimondi, “un mendigo sentado en un banco de oro”, y
que la teoría espacio-temporal de Víctor Raúl Haya de la Torre cobra
vida en sus calles: en un mismo país y en un mismo tiempo conviven realidades
del Primer Mundo con personas y comunidades ancladas en la época colonial, generaciones
permanecen estancadas nacen y mueren en una misma realidad que nunca cambia. .
Distritos como Miraflores y
San Isidro exhiben una Lima pulcra y opulenta, parques llenos de flores,
aceras impecables, cafeterías, restaurantes y clubes que no envidian los goces
de Europa, mientras en los arenales, miles de familias sobreviven sin
servicios básicos.
Villa El Salvador fue
el ejemplo más impactante: un asentamiento surgido de la exclusión y las
amenazas del terrorismo de Sendero Luminoso y el MRTA (Movimiento
Revolucionario Túpac Amaru), transformado por el esfuerzo comunitario en una
ciudad modelo, de artesanos de la madera, al punto de ser postulada al Premio
Nobel de la Paz en los años ochenta.
También observé prácticas que
revelan jerarquías profundas: empleadas domésticas —las cholitas uniformadas
en los supermercados, hasta en las playas en medio verano—, choferes y
jardineros al servicio de familias de alcurnia; clubes que restringían el
ingreso por apariencia o color de piel; y, a pocos metros, trabajadores
comiendo por tres soles –1 dólar- , sin perder la dignidad del buen
comer peruano, con entrada, plato fuerte, postre y “yapa”, por si se desea
repetir el fresco, la bebida, chicha morada, por lo general.
Anécdotas de antaño
La esposa del embajador, doña
Victoria, era peruana y bisnieta de Víctor Larco Herrera, senador,
ministro de Hacienda y diplomático a inicios del siglo XX, considerado uno de
los hombres más acaudalados de su tiempo.
Recordaba que una de las
haciendas de su bisabuelo colindaba con tres países y que el oro podía
extraerse a poca profundidad. Esa fortuna permitió financiar el Hospital
Psiquiátrico Víctor Larco Herrera y apoyar al Museo Arqueológico Rafael
Larco Herrera, legado cultural que aún perdura.
Entre sus recuerdos de
infancia, evocaba viajes familiares desde el puerto del Callao, hacia el
puerto de Buenos Aires, Argentina, en un hotel que había comprado su
bisabuelo—hoy convertido en un establecimiento cinco estrellas—, acompañados de
la servidumbre y hasta de una vaca que ordeñaban diariamente para dotar de
leche fresca a la “nietada”. El viaje, de ida y vuelta, se prolongaba por
varias semanas, como si el tiempo también fuera un privilegio heredado.
Estas anécdotas acentuaron
ante mis ojos las profundas brechas sociales del país y dieron paso a preguntas
inevitables en la realidad política actual:¿Cómo era la Lima en la que vivió y creció
doña Pilar Cisneros? ¿Pudo haber interiorizado esas diferencias sociales desde
temprana edad? ¿De qué manera, y en qué medida, influyó la sociedad limeña en
su forma de mirar el mundo y de ejercer hoy el poder político?
¿Representantes del pueblo?
Hoy, las manifestaciones de
clasismo no son explícitas, pero los contrastes son evidentes. Doña Pilar,
según sus propias declaraciones, no respaldó inicialmente la candidatura de Laura
Fernández Delgado, mujer de origen humilde, creyente, cuya exposición
pública ha sido cuidadosamente limitada.
Ese trato contrasta con el
brindado, cuatro años atrás, a Rodrigo Chaves Robles, exfuncionario del
Banco Mundial, residente en Monterán y propietario de viviendas en Letonia
y Portugal, según información divulgada en el Plenario Legislativo por el
diputado Eliécer Feinzaig Mintz.
En la narrativa electoral del
“movimiento chavista” se muestran como los adalides del pueblo, y por otro lado
expresiones miden el éxito por el barrio o el condominio donde se vive.
La polémica alrededor de Pilar
Cisneros no es solo política: es un espejo de las brechas sociales que Costa Rica prefiere
no mirar, los iguales no siempre parecen tan iguales, y cuando el poder
habla del pueblo con realidades muy distantes del pueblo, se debe voltear a
nuestros ancestros, como reza la Patriótica Costarricense que no envidia
los goces de Europa, porque es mil veces más bella mi tierra, así no
rememorar tiempos de coronas y virreinatos.










